9-7-2012
LA CORTE PENAL INTERNACIONAL CUMPLIÓ 10 AÑOS. ¿ALGUIEN SE ENTERÓ?
En los papeles, es el deseo de todos: una Justicia universal que persiga a cada dictador o asesino de masas en el planeta. Que la impunidad desaparezca, y que los autores de crímenes de lesa humanidad terminen su vida en prisión. Sin embargo, la mayor herramienta creada a tales efectos por la comunidad internacional navega en la indiferencia, luchando por herramientas legales y económicas que le permitan ser un poder real, temido por los dictadores del mundo.
El Tribunal Penal Internacional (TPI), con sede en La Haya, acaba de cumplir 10 años de su creación con el objetivo de perseguir casos de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra. Prueba de su estado actual es que esa fecha pasó desapercibida en casi todo el planeta. Es más, la gran mayoría quizás ni sepa de su existencia, o lo dé como algo sentado desde siempre.
Bien lejos de eso, se trató de un costoso consenso de 160 países, que en 2002 decidieron dar un paso más a las tribunales ad hoc que se crearon en la década de 1990 para investigar las guerras en Yugoslavia, Sierra Leona, Líbano, y Ruanda. De todos ellos, quizás el más famoso sea el de Yugoslavia, que llevó a la corte al presidente Slobodan Milosevic –murió antes de la sentencia- y Ratko Mladic, el “carnicero de los Balcanes”, el culpable de la masacre de los serbiobosnios en Srebrenica, que hoy vuelve a juicio tras meses en los cuales el tribunal hizo un verdadero papelón internacional. También fue conocido el caso del ex presidente de Liberia, Charles Taylor juzgado y sentenciado a 50 años de prisión por su colaboración con la guerrilla de Sierra Leona a cambio de diamantes de sangre.
Al lado de ellos, las causas que persigue hoy la CPI pierden peso. Se trata de delincuentes despreciables, de sádicos que reclutan a niñas como prostitutas y niños como soldados, como es el caso de Thomas Lubanga, el primer sentenciado por la corte. Pero la forma en que el tribunal se ha centrado en África, y no ha ido contra las autocracias de Medio Oriente, por ejemplo, ha sido una de las mayores críticas.
Además, detrás de los discursos floridos de las grandes potencias hay una gran hipocresía: China, EEUU, Rusia e India no reconocen al CPI, por lo cual su jurisdicción no los alcanza. Beijing por su tajante postura de no intervención en asuntos internos, pero también Washington por su política de impedir cualquier persecución a sus ciudadanos. Así, la Casa Blanca ha prestado apoyo clave en los tribunales de Yugoslavia o Sierra Leona, pero ha negado cualquier reconocimiento a la Corte Penal. Si bien desde la presidencia de Obama la colaboración ha aumentado, sólo el apoyo en bloque de la Unión Europea salva lu reputación de la CPI entre las potencias.
El camino de la Corte está atado por todos lados. En el caso de Estados no firmantes del tratado que le dio origen, el organismo solo puede intervenir con el aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ese monumento al statu quo –que aún no ha condenado la masacre de Siria por la oposición de Rusia y China- ha conseguido que cualquier proceso contra un Estado aliado a alguna potencia se haya encontrado con la especialidad del Consejo: el veto.
Así, los procesos solo se han iniciado en países que se cayeron del mapa del poder mundial, y que no tienen ninguna potencia que los respalde. Entre otras contras, la Corte tampoco tiene una Policía, por lo que depende de las fuerzas del orden de los países miembros para cumplir sus dictámenes, y sus ingresos –US$ 100 millones anuales- dependen de la colaboración de los estados parte-.
Seguramente, los nombres de Omar el Bashir –presidente de Sudán- Saif el Islam Gaddafi –hijo del ex dictador libia Muammar Gaddafi- o de Joseph Kony, el terrorista líder del Ejército de la Resistencia del Señor en Uganda, sean los que llamen más la atención entre las causas que lleva adelante la CPI. Pero Kony no se hizo famoso por ser perseguido por el tribunal desde el año 2005, sino por un video elaborado en clave adolescente, que en pocas horas fue visto por más de 70 millones de personas en Youtube. Quizás eso sea uno de las muestras más clamorosas del fracaso del CPI en crear una mínima corriente de opinión mundial.
A presar de todo, desde el tribunal el balance de esta primera década es positivo. “Los ejércitos nacionales ya empiezan a modificar sus procedimientos. Las fuerzas paramilitares de Colombia han mencionado la existencia de la Corte Penal Internacional como motivo para proceder a la desmovilización. Los fiscales de los Países Bajos que procesaron a un empresario neerlandés por avivar el conflicto de Liberia mencionaron la Corte como inspiración de su decisión. La Interpol ha difundido nuestras órdenes de detención contra Kony y la cúpula del Ejército de Resistencia del Señor. Los Lubanga del mundo entero temen que les espere una suerte parecida; saben que se trata de la primera detención, pero no de la última”, opinaba en 2006 Luis Moreno Ocampo, uno de los jueces del juicio a las juntas en Argentina, que hasta junio fue fiscal de la CPI. Mucho optimismo para lo que, hasta ahora, ha sido tan solo una ilusión de justicia.
La mentira de la Justicia universal
09/Jul/2012
El Observador, Ignacio "Nacho" Chans